martes, 30 de abril de 2013

Te vigilaré desde el infierno




Sus manos se cerraron alrededor de la garganta del yacente, a quien creyó dormido, pero que hacía varias horas que era cadáver; así lo confirmaban la palidez y la frialdad de su piel. Apartó las manos bruscamente, con una mezcla de sorpresa y repugnancia por tocar un fiambre, aunque un momento antes no hubiera tenido reparos en matarlo él mismo.

Al lado del muerto, en la almohada, había un tubo de pastillas vacío y un papel doblado, con su nombre escrito en rojo, bien visible. Leyó la nota y, sin pensarlo dos veces, sacó la pistola, se dio la vuelta y le descerrajó dos tiros a su acompañante, que no tuvo tiempo ni de darse cuenta de lo que ocurría.

Sin temblarle el pulso ni lo más mínimo, releyó la misiva:

"El hombre que tienes detrás te está apuntando con una pistola; yo le he pagado para que te mate, pero mi hija está enamorada de ti. Como, por suerte, no viviré para verla contigo, he decidido darte una oportunidad. Cuídala, te vigilaré desde el infierno".

©texto JAVIER VALLS BORJA
octubre 2012 - abril 2013
©fotografía olgaberrios (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

Este microrrelato fue escrito en origen para concursar en Getafe Negro 2012, no habiendo resultado premiado, y ha sido revisado para incluirlo en el blog.

domingo, 28 de abril de 2013

Red Delicious




¿Cómo iba yo a saber que aquello iba a acabar así? Cuando nos conocimos, nada hacía presagiar este final.

Estaba sentada en un banco del parque, comiéndome un bocadillo vegetal; era de ensalada con mahonesa de mostaza, aunque esto no tiene la más mínima importancia, pero lo recuerdo porque cayó una gota de salsa en mi camiseta rosa, mi preferida, y tardé semanas en poder quitar la mancha.

La gente corría en pantalón demasiado corto, paseaba a su perro, o leía el periódico equivocado. Se me acercó un bóxer atigrado, bien cuidado aunque con sobrepeso, y se sentó muy formal frente a mí, sin dejar de mirar el bocadillo, mientras se relamía y salivaba como los perros de Pavlov. No creí que fuera a gustarle, ya que contenía más lechuga que otra cosa, pero se lo dí; total, ya no tenía más hambre. Lo engulló de un solo bocado, sin apenas masticar, y permaneció allí, quieto, como esperando a que me sacara otro de la manga.

—No tengo más —le dije, enseñándole las palmas de las manos. Él se tendió en el suelo, suspirando ruidosamente y con gesto de resignación.

Froté contra mi manga la manzana que llevaba para postre hasta hacerla brillar; era una Red Delicious, como la de Blancanieves, pero eso tampoco tiene importancia si tenemos en cuenta el hecho de que no la mordí. Precisamente le iba a dar un mordisco cuando el dueño del perro se sentó en el banco que había frente al mío y que, cosa curiosa, estaba pintado de otro color, sin quitar ojo a la manzana. He de decir que él no padecía de sobrepeso.

—¿Me das un bocado? —me preguntó, con una sonrisa deslumbrante.

Todo parecía conjugarse para que aquello acabara bien pero, al final, nos casamos. Está visto que las manzanas no causan más que desastres a la humanidad.

©texto JAVIER VALLS BORJA
abril 2013
©fotografía dgbury (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

viernes, 26 de abril de 2013

Alma



Nunca creyó en la existencia del alma y, en cambio, tenía la sensación de poseerla. ¿Sería lo leído, lo que había atesorado en su mente a lo largo de la vida, el alma?




©texto JAVIER VALLS BORJA
diciembre 2012
©fotografía Manel (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

Este texto fue escrito para el concurso mensual organizado por Jaime Gonzalo Cordero, en su edición de diciembre de 2012, no habiendo resultado premiado.

jueves, 25 de abril de 2013

El rosario de la aurora




Juntos, fundaron un pueblo. Construyeron casas, las habitaron. Trabajaban duro, pero eran felices.

Un día, por sorpresa, apareció un muro donde no debía haber nada. Súbitamente, se llenó de odio, de palabras feas, hirientes.

Nadie derribó el muro, les resultó más fácil destruir el pueblo.

©texto JAVIER VALLS BORJA
abril 2013
©fotografía Klilian Arjona (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

miércoles, 24 de abril de 2013

Mi mamá me mima




—Mamá, voy a traer a Julia a cenar.
—¿Julia? ¿Esa hippie con la que sales?
—No es hippie, mamá, solo es joven.
—Hijo, sabes que no me gusta meterme en tu vida...
—Mamá, te encanta entrometerte...
—...pero no me gusta que vayas con esa chica...
—...y mangonear y llevarlo todo a tu terreno...
—...seguro que es una fresca...
—...y dirigir las vidas de los demás...
—¿Ves como es una mala influencia? Antes nunca me replicabas.
—Es genial, mamá, lo paso muy bien con ella; cuando la conozcas te gustará.
—Lo dudo, sus padres están separados
—También lo estáis tú y papá.
—No te atrevas a comparar. Nosotros tenemos la nulidad de la Rota.
—¿Y no es lo mismo, a fin de cuentas?
—Además, su madre bebe cerveza.
—Pues tú te hinchas a jerez...
—La cerveza es vulgar.
—A mí me gusta la cerveza.
—Y acabarán gustándote las hamburguesas...
—¡Me encantan!
—Y su hermano es maricón.
—¡Anda! Y mi hermana lesbiana...
—Pero, al menos, tiene la decencia de vivir en el extranjero.
—Su hermano es amigo mío.
—Te va a pegar algo, ya lo verás
—Pero, mamá, ¡qué cosas dices!
—Y vete a saber dónde viven...
—Viven en una casa mucho más agradable que este mausoleo
—Mi casa es preciosa.
—Y rancia.
—Bueno, haz lo que quieras, ya sabes que no me gusta meterme...

©texto JAVIER VALLS BORJA
marzo 2012
©fotografía Galateina (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

lunes, 22 de abril de 2013

Caminos que se cruzan y piedras en el zapato




Algunas personas se cruzan en tu camino; otras, se atraviesan.

Con las primeras puedes sincronizar el paso y caminar junto a ellas, de la mano.

Las otras son palos en tus ruedas.

Y hay que seguir adelante.

© texto JAVIER VALLS BORJA
abril 2013
©fotografía Tartanna (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

lunes, 8 de abril de 2013

Perpendiculares y tangentes (Conchita II)



Descarga del texto en distintos formatos


Mi casa es una casa de mujeres, como la de Bernarda Alba, pero sin tan mala leche y, como aquella, también guarda alguna tragedia entre sus muros; no íbamos a ser menos, aunque a nosotras nos escriba Valls, y no Lorca.

Mi madre se llamaba Concha, como mi abuela —viuda por la gracia de Dios y estanquera por la de la Patria—, y era su única hija. Yo me llamo Conchita, y soy la única hija de Concha. Tres mujeres, tres estanqueras, tres Conchas: hasta aquí llega el paralelismo. Punto. No ha faltado quien ha dicho que esta es la Casa de las Conchas, como la de Salamanca, pero en Fragmentaria: nunca se acaba de acostumbrar una a tanta tontería.

Mamá era un alma cándida, de la que se podía aprovechar cualquier persona que quisiera hacerlo y no tuviera escrúpulos, como hacía el cura, o como hizo mi padre, sin ir más lejos. Se conocieron un día de feria, por las fiestas. Él era guapo, forastero y no tenía dónde caerse muerto; ella, una pánfila de labios descoloridos con la vida solucionada, dispuesta a creerse todo lo que él le quisiera contar. La historia de siempre:

¡Extra! ¡Extra! ¡Pánfila de labios descoloridos cae en las redes de guapo forastero!

Se casaron tras un brevísimo noviazgo y a los siete meses nací yo.

No soy sietemesina.

Al poco, mi padre se hizo asiduo de cualquier mesa del pueblo en la que se jugara fuerte, pero pronto ese mundo se le quedó pequeño y dio el salto a la ciudad; jugaba en casinos y timbas, desaparecía durante días y, cuando volvía, lo hacía en un estado lamentable. La última vez que lo vimos—no tendría yo los tres años—, venía huyendo de alguna deuda de juego. Les exigió a mi madre y a mi abuela que le dieran todo el dinero que guardaban en su libreta de ahorros, argumentando que lo necesitaba para salvar la vida, a lo que ellas se negaron porque aquel dinero era su futuro y el mío. Les dio tal paliza que casi las mata, de no ser porque los gritos de los tres y mi llanto desgarrado alertaron a los vecinos. Mi tío Ramón, primo segundo de mamá y grande como un pino, lo cogió por el cuello y le dijo que si lo volvía a ver, aunque no fuera en el pueblo, lo iba a matar. El muy cobarde se fue con lo puesto, sin siquiera cambiarse la ropa empapada en orines: se acababa de mear encima. No volvimos a saber de él hasta que unos cuantos años más tarde alguien dijo que lo había visto haciendo de trilero en la plaza Real de Barcelona. Ignoro si aún vive —tampoco me importa—, pero para nosotras murió el mismo día en que se fue.

Después de tan apresurado casamiento y tan sonado fin de su matrimonio, alentada por la abuela, mamá se volcó en la religión, en un intento de lavar su reputación y salvar su alma. Limpiaba la iglesia, enseñaba el catecismo a los niños que iban a tomar la primera comunión y era la que instaba a las otras beatas a salir hucha en ristre en las cuestaciones para el Domund: «Para los chinitos», decían, esgrimiendo las grotescas huchas con forma de cabeza.

Recuerdo cuánto me humillaba que, después de una boda, se marcharan novios e invitados, y ella se quedara barriendo el arroz que les habían lanzado a los recién casados. O que pasara la bandeja. O que la suya fuera la voz que más se oía durante los cánticos. Nunca pude soportar todo aquello, debo de tener una aversión natural por la religión; quizá también por mi madre, al menos en aquel tiempo. En la escuela algunos me llamaban la Sacristana, porque imbéciles los hay de todas las edades, otros se portaban bastante bien conmigo, y el resto no me hacía caso, pero nunca me interesaron demasiado ni unos ni otros porque yo me veía —me sabía— más madura que ellos. Me refugié en la lectura, desde los tebeos hasta novelas que se suponía que no eran adecuadas para mi edad, y que la bibliotecaria me daba acompañadas de una mirada de censura. Fui una adolescente terrible, empecé a fumar muy temprano porque tenía el ansia de provocación a flor de piel y el tabaco al alcance de la mano, y mi actitud con los chicos era de una desinhibición tal —había leído a Erica Jong y a Anaïs Nin— que hoy en día me asustaría en mi propia hija, si la tuviera (y que no, no se llamaría Concha).

No empecé a ver a mi madre —en lugar de a mí misma— como la víctima de todo aquello hasta que me marché a la facultad y tomé distancia. Estuve tres años en la Universidad: el primero de ellos me matriculé en Filosofía y Letras, el segundo año estudié Sociología y el tercero me pasé a Psicología. Los estudios no me satisfacían; prefería leer en la biblioteca hasta que me dolían los ojos, salir de marcha con mis amigas mientras quedaran garitos abiertos y ligarme todo lo que se ponía a tiro. Fue una época de sexualidad desaforada para mí, había tanto material y tan a mano, que era una pena desaprovecharlo. Leer y follar, eso es lo que más disfruté en mi paso por la Universidad; bueno, eso y fumarme algún que otro canuto, aunque nunca pasé a mayores. Cuando me di cuenta de que mis compañeros iban pasando de curso y yo no hacía más que saltar de primero en primero, volví al pueblo, donde me he quedado desde entonces, pero mis gustos siguen siendo los mismos, excepto en el tema de los porros, que dan mucha hambre y una ya no pierde peso tan fácilmente como a los veinte. Puede que al principio volviera porque no tenía adónde ir, pero ahora no me imagino viviendo en ningún otro lugar que no sea Fragmentaria, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Fragmentaria y su pequeño mundo, poblado de vidas perpendiculares, tangentes, nunca paralelas como en la ciudad, donde nadie conoce a nadie ni lo procura.

La otra noche asistí, casi a rastras, a un espectáculo curioso, la actuación de un bululú. Fue en Los Barriles, el bar de Justina y su novio, que se están moviendo mucho y han convertido un cafetucho de carajillo y dominó en una especie de café teatro; bien por ellos. Me lo comentó Jacinto Robledo, el director del centro cultural, cuando vino a por el tabaco de pipa que fuma habitualmente, cada vez más difícil de encontrar dada su escasez:

—Deberías comprártelo por Internet, Jacinto; te saldría más barato y no me darías tantos quebraderos de cabeza —le comenté, sacando a relucir mi vena menos comercial.

—Pero así te veo, tontina —me contestó, guiñando un ojo y lanzándome un beso al aire—¿Has recibido ya mi revista de arte?

—Mañana. Qué lástima que seas mariquita, con lo que me gustas —le dije con malicia.

Rió mi ocurrencia y dijo:

Gay, Conchita, se dice gay.

—Pues a mí me pareces mariquita, fíjate.

Continuamos riendo de buena gana y luego me mostró un rollo de papel que llevaba en la mano:

—¿Te importa que pegue este cartel en la puerta?

—Claro que no, ¿qué es?

—El anuncio del próximo monólogo de Los Barriles. Ya lo tuve en el centro cultural y es muy bueno.

—¿Ahora te dedicas a ir repartiendo carteles? No pensaba que te costara llegar a fin de mes —le dije, pinchándole.

—Esta pareja está haciendo mucho por la cultura en el pueblo y a mí no me cuesta nada echarles una mano.

—Ya lo sé, tontorrón; ¿a ver?

Lo desplegó y, dándole la vuelta, me lo enseñó sujetándolo con ambas manos para que no se volviera a enrollar:

Pompilio Madrigal presenta: “Cuando soñó el bandoneón”,

una historia con varias voces en una sola voz y con aliento a tango

—Hum… ¿No será ese argentino que va pululando por el pueblo?

—Huy, huy, huy, ¿ya le has hecho pupa?

—Casi; quería ligarme.

—Bueno, está de buen ver, y tú también, ¿cuál es el problema?

—La verdad es que después ha vuelto varias veces y se esfuerza en serme simpático.

—Desde luego, cómo eres, Conchita. De haberlo intentado conmigo, le echo el guante sin pensármelo dos veces.

—Anda, anda, donjuán, peguemos el cartel, que siempre estás pensando en lo mismo.

—¡Ah! Pero, ¿hay algo más?

Seguimos bromeando un rato mientras colocábamos el anuncio. Cuando se despidió, me dijo:

—Te guardo un sitio en mi mesa.

—No he dicho que vaya a ir.

—Y ponte guapa.

—¿Serás…?

—Lo soy, ya lo sabes—y se alejó riendo.

El espectáculo resultó muy sugerente; el tal Pompilio hacía las voces de todos los personajes y parecía pasárselo de fábula. De vez en cuando me miraba fijamente mientras decía su parlamento y he de reconocer que yo experimentaba un cierto sobrecogimiento completamente desconocido para mí, que no soy de sobrecogerme; no sé, me sentía vulnerable. Y cada vez, codazo de Jacinto. A mitad de la obra, me encontré lamentando no haber sido más amable con él —con el argentino, no con Jacinto—.

Casi al final de la representación, en el momento en que el actor recitaba unos versos muy sentidos, mi amigo me comentó que cuando Pompilio Madrigal actuó en el centro cultural, la extranjera que llegó en el tren hace unos meses se levantó y salió de la sala de un modo un tanto brusco. Le dije que le habría dado un apretón y Jacinto hubo de hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar la carcajada en mitad del parlamento del bululú. El argentino nos dirigió una mirada entre reprobatoria y divertida, sin titubear ni dejar de recitar; es bueno.

Al salir de Los Barriles, Jacinto quiso invitarme a tomar una copa en su casa, ofrecimiento que rechacé porque me apetecía pasear mientras meditaba sobre lo que me había ocurrido durante esa velada, pero él insistió:

—Que no, Jacinto, que a ti lo que te pasa es que no tienes un plan mejor.

—¿Tanto se me nota? —rió.—Anda, mujer, no te hagas la remolona.

—Te digo que no, que nos conocemos, y empezamos por una copa y acabamos con la destilería.

—Pues entonces te pasa el turno y la próxima la pagas tú.

—Hecho.

Me dirigí hacia casa caminando sin prisa, arrullada por el rumor del río, mucho más presente en la noche, y por el canto de los grillos, que suena a verano. Reflexionaba sobre lo agitada que estaba últimamente la vida social del pueblo, con toda esa gente que había venido, y me sentí bien.

Me gusta la gente que llega en tren a los sitios; lo digo por las personas que recalan por primera vez aquí, porque eso se nota en la forma en la que se apean del convoy y miran hacia arriba —siempre miran hacia arriba—, como si ahí, en lo alto, estuviera la esencia de lo que van buscando, sea ello lo que sea. Puede parecer una simpleza, pero yo les veo un halo de romanticismo que no poseen los que vienen en el autobús de línea, o en coche, vete a saber por qué; es como si tuvieran un pasado más…, más pasado, no sé cómo decirlo. Todo esto viene a colación por la extranjera, la que me contó Jacinto que salió antes de acabarse el espectáculo.

En un primer momento, el día de su llegada, la vi pasar desde la estación en dirección al hotel, tan delgada, con aquella maleta que había conocido tiempos mejores y su aire desorientado, y pensé que era una bailarina retirada, tales eran su languidez y afectación. Con el tiempo he visto que lo que la cubre es, aparte de una cierta pose, que la tiene, un espeso manto de tristeza. A veces me siento tentada de preguntarle si se siente bien, más que nada por entablar una conversación que pudiera aligerar la pena que le adivino, pero temo parecerle una entrometida y, además, no sé yo si como psicóloga tendría mucho porvenir, así que me limito a ser amable y a darle un palique más neutro.

La he invitado, como vengo haciendo con mis clientes más leídos, a la primera de las tertulias literarias que quiero celebrar en el estanco —si he de ser sincera, a algunos no los he invitado, directamente les he obligado a aceptar—. Me dijo que no se expresa bien en español y yo le contesté que no se preocupase, que eso le ocurre a más de la mitad de la población del país. Reímos y me dijo que hará lo posible por venir. Como me pareció que se estaba abriendo un poco, la hice sentar y serví café para las dos —yo he de pasarme al descafeinado, porque a café por cliente, no va a haber camisa de fuerza que me sujete—. Se llama Mina, Mina Baum, es austríaca, y no habla tan mal el español como me quiso hacer creer. Cuando ya se levantaba para irse, entró en el estanco el joven Bardají, Carlos, al mismo tiempo que mi vecina, que venía a traerme unos calabacines de su huerta. Mientras le agradecía por tercera vez esa semana el detalle —ya los había comido de todas las formas imaginables—, Carlos y la Baum fueron protagonistas de un contienda incruenta por hacerse con el último ejemplar de El Mundo, codiciadísimo cuando trae el suplemento cultural. Finalmente, llegaron a un acuerdo sobre el periódico y se quedaron charlando, en tanto yo atendía a los clientes que llegaron tras él.

Cuando salgo a barrer la acera no paro de saludar a diestro y siniestro; todo el mundo pasa por aquí, y todos me conocen. Mi casa, con el estanco en la planta baja, está frente por frente de la iglesia, esa que mamá tenía como los chorros del oro, aunque se dejara por hacer sus propias tareas —tareas que, por obra y gracia del Espíritu Santo, siempre me acababan salpicando—. La iglesia es bonita, a qué negarlo —un poco batiburrillo, eso sí—, pero siempre me ha dado un poco de grima por los motivos ya expuestos y algún otro que ahora me callo, y eso que no suelo guardarme las cosas en el buche. Pues, con eso y con todo, no tengo más remedio que verla a todas horas, puesto que sólo me separa de ella el ancho de la plaza, con su viejo moral en medio. Pero lo pienso bien y llego a la conclusión de que no puedo quejarme, ya que estoy en el mejor punto del pueblo; un palco desde el que veo pasar la vida de Fragmentaria día a día, a la gente que va o viene, que descansa a la sombra del moral, en el alcorque de piedra construido a su alrededor a modo de banco, y que es, dependiendo de la hora, sitial de viejos, atalaya de cotillas o nido de rapaces enamoriscados. Si ese moral hablase…, aunque, ¡si hablara yo!

Todas las mañanas, a primera hora, veo desde detrás del mostrador a Anastasia dirigirse lentamente a misa, sumida en sus pensamientos. Pasa por delante del estanco y, cuando ya ha enfilado la puerta del templo, sin darse la vuelta, levanta la mano derecha y la agita, saludándome. Sabe que la estoy mirando. Será por eso que en el pueblo la llaman la bruja. Anastasia es una buena mujer, muy espiritual; quizá es la única persona con la que no sería capaz de discutir sobre religión, porque siento de algún modo que lo suyo es verdadera fe, algo que no comparto pero que respeto profundamente. Bueno, con Teresa tampoco despotrico contra la curia —está bien, un poco, sí—, que ella también es muy devota, pero de todo lo demás discutimos hasta la saciedad.

Teresa es amiga mía de toda la vida, pero amiga, amiga, y eso que somos el aceite y el agua. ¿Que en qué consiste esa diferencia? Básicamente, en que a mí me gustan más los hombres que rascarme una pupa y, en cambio, Teresa siempre tuvo vocación religiosa; sexo, caca. Ya desde pequeña no quería más que jugar a monjas, y yo le decía que vale, si yo era la superiora. En el instituto, el año que fuimos a Italia de viaje de fin de curso, ella había propuesto ir a Lourdes; todavía estoy escuchando las carcajadas.

Pretendía tomar el hábito —estoy segura, segurísima, de que mi madre la hubiera preferido a ella como hija—, y en nuestra primera juventud renunció a casi todo por su intención de entrar de postulanta en no sé qué convento. A punto estuvo de conseguirlo, pero su madre, que hasta entonces había pensado que aquello no eran más que chiquilladas, le vio las orejas al lobo y le quitó la idea mediante el simple pero efectivo método del chantaje emocional: que si quién me cuidará, que si yo no he criado una hija, que he criado una hiena, que si mucha caridad cristiana, pero a mí me dejas abandonada, etc., así que también renunció al sueño por el que había sacrificado todo lo demás. En la actualidad, su madre va a bailar todos los fines de semana, tiene un medio novio y cada dos por tres sale de viaje; Teresa es la que finalmente se ha quedado sola. Es como una monja, pero sin hábito. Sin hábito religioso, digo, porque el otro, el de fumar, lo lleva a rajatabla y no baja del paquete diario. Debería sentirme culpable, porque fui yo quien la inició en el vicio, pero mira, gané una clienta, que siempre hay que mirar el lado positivo de las cosas. Todavía éramos casi unas crías cuando aquello; yo distraía paquetes de cigarrillos mentolados del estanco y nos íbamos al río a fumar. Después lo dejé porque un chico que me besó una noche de verbena me dijo que el aliento me olía a tabaco, y puesta en la disyuntiva de tener que elegir entre los chicos o el tabaco, lo hice. Teresa siguió fumando cada vez más y, hasta el día de hoy, nunca la ha besado nadie: es soltera y entera, por los siglos de los siglos, amén.

De acuerdo, yo también lo soy —¿quién dijo entera?—, pero Teresa es mucho más soltera que yo, porque es muy beatona, está llena de manías y es hipocondríaca hasta la exasperación, que no sale del ambulatorio y en la farmacia Capdevila le ponen la alfombra roja por ser su mejor clienta. ¿Más ejemplos?: Yo guardo mis mejores bragas por si me sale alguna cita; ella, para ir a misa los domingos, y si tiene unas de encaje negro es para que le hagan juego con la mantilla que se pone en las procesiones.

—Buenos días, Conchita— me saluda según entra por la puerta, entre toses cavernosas y malsanas.

—Traes mala cara, Teresa; parece que te haya pasado un camión por encima; ¿te ha pasado un camión por encima? —me intereso amablemente.

—Qué bruta eres, no es más que una nasofaringitis. ¿Me das un Marlboro, por favor? —me pide.

—Pero ¡qué dices! Ni Marlboro, ni nada, mientras no se te cure esa tos, que los resfriados de verano son los peores.

—Pero, mujer…

—Ni hablar; ¡si no puedes ni respirar! Mira, para que no te vayas de vacío, y por el mismo dinero, te vas a llevar el premio Planeta, acabadito de recibir, y que te lo rebajo porque ya lo he leído yo, ¿vale?; no es gran cosa, pero te distraerás.

—No lo quiero, quiero mi Marlboro, y si no me lo das, no te cuento la última.

—¿De quién?

—De los Ocaso.

—¡Bah! Ya me la sé; te quedaste sin fumeteo, pero te invito a un café.

Los Ocaso, buena familia, que es lo que se dice de las familias ricas, por muy bordes o analfabetos que sean sus componentes; una de las más importantes e influyentes de Fragmentaria y comarca, en la que la mayoría de varones se llaman Bernabé, como si el nombre fuera bonito. El primero fue el más importante de todos en términos cuantitativos para sus descendientes, porque los montó en el dólar, y cualitativos para el pueblo porque promovió la construcción y mejora de servicios esenciales para el desarrollo local —excepto la plaza de toros, cuya construcción auspició, como reza una placa en la entrada principal, y que se podría haber ahorrado; más nos hubiera valido que nos construyera un teatro—. Para su mujer supongo que no sería más que un putero, porque según decía mi abuela, le gustaban más las mujeres que mojar pan en la ensalada. A saber la de “Bernabecitos” bastardos que iría sembrando por ahí.

—Conchita, hija, dame mi tabaco, por favor te lo pido, que estoy con el mono—me suplicó la pobre Teresa.

—Toma, pesada, pero después no me eches las culpas si no se te pasa —le dije sin ningún cargo de conciencia por mi parte.

—Gracias —respondió, encendiendo ansiosamente un cigarrillo entre las toses del constipado y las producidas por la primera bocanada de humo.

—Volviendo a los Ocaso, ya sé que Bernabé ha comprado la parte de sus hermanos y que ahora es el único propietario —le comenté con aire conspirador a Teresa.

—Lo que no sé yo es para qué querrá una casa tan grande para él solo. —repuso ella, dando una calada que consumió un tercio del cigarrillo. Después de expulsar el humo, continuó — Seguro que ha vuelto huyendo de algo.

—¡Qué peliculera eres, Teresa, hija, que parece que estés viviendo en una novela! ¿De qué va a huir? —repliqué.

En el caso de que Teresa tuviera razón y Bernabé Ocaso hubiera vuelto a Fragmentaria huyendo de algo, no sé por qué habría de meterse en esa casa; eso es lo último que yo haría. ¿Por qué? No lo sé; ni yo misma soy capaz de darme una explicación racional. El caserón, al que la familia llama pretenciosamente Villa Ocaso, me da escalofríos, siempre me los ha producido, y eso que no soy una persona sensitiva, pero si puedo paso por otra calle aunque haya de dar un rodeo en mi camino. Es como esos retratos que te siguen con la mirada; lo pienso y se me erizan todos los pelos del cuerpo, lo que me recuerda que me he de depilar, que el verano es muy revelador y una tiene una (mala) reputación que mantener.

¡Ay!, hablando de depilaciones, el otro día me hice el bigote, porque ya parecía un señor. Me lo hago en casa, a la cera caliente, como si fuera una penitencia por pecados no cometidos —bueno, alguno sí—. Se me hace la hora y resulta que abro el estanco con todo el morro rojo e hinchado —algunas veces hace más reacción que otras—. Pues, la primera, en la frente: Madrigal, Pompilio, sí, el argentino, estaba esperando a la puerta, y en ese momento quise que me tragara la tierra. No me tragó y casi hubiera preferido que me viera con el bigote. Él no se dio cuenta, o lo hizo ver; es un hombre de mundo, se le nota. Me agradeció la asistencia a su espectáculo la otra noche, y nos pusimos a hablar de eso y más. Creo que me reía demasiado. Le di sus Manitou y puse el café a hacer.

©texto JAVIER VALLS BORJA
marzo 2013
©fotografía xmangel  (fuente flickr), publicada bajo una licencia Creative Commons

Este texto forma parte de la novela digital Fragmentaria, que podéis leer a razón de un nuevo capítulo cada semana.